El panorama energético del hemisferio occidental ha dado un giro de 180 grados en este inicio de 2026. Bajo la directriz de la administración de Donald Trump, la gigante estadounidense Chevron ha expandido significativamente su capacidad logística en Venezuela, posicionándose como el eje central de la nueva estrategia de seguridad energética de los Estados Unidos.
El despliegue: 15 buques y cifras en ascenso
En primer lugar, este mes de enero marcó un hito con el despacho de 15 buques petroleros, superando con creces los 9 utilizados en diciembre. En consecuencia, el ritmo de exportación ha escalado a los 200,000 barriles por día (bpd), concentrándose principalmente en el crudo pesado proveniente del proyecto Petroboscán.

¿Por qué ahora? La caída de la “Flota Oscura”
Por una parte, el incremento de la actividad de Chevron responde a la desaparición de los canales de exportación ilícitos. Además, tras el recambio de poder en Caracas y el bloqueo naval impuesto por EE. UU., los buques que operaban bajo las sombras han dejado de circular. Por lo tanto, Chevron se ha convertido en la única vía segura y autorizada por el Departamento del Tesoro para que el petróleo venezolano llegue a refinerías como Valero y Phillips 66 en la costa del Golfo.

El plan Trump: Fideicomiso e inversiones millonarias
Por otro lado, la estrategia de Washington va más allá del transporte. No obstante, se ha confirmado que los ingresos generados por estas ventas serán depositados en un fideicomiso supervisado directamente por Estados Unidos para financiar productos básicos y la transición política.
Incluso, el presidente Trump ha delineado un plan de inversión que podría alcanzar los 100.000 millones de dólares provenientes de empresas estadounidenses para modernizar la infraestructura obsoleta de PDVSA. Finalmente, este movimiento busca estabilizar el mercado interno venezolano y, al mismo tiempo, asegurar el suministro de petróleo pesado para la dieta de las refinerías norteamericanas.
En conclusión, lo que hoy vemos en las costas venezolanas es el inicio de una reestructuración profunda donde el crudo deja de ser una herramienta política regional para convertirse en el motor de una reconstrucción bajo estándares occidentales.
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